Los gallinazos sin plumas
Cuento:
[Cuento]
Julio Ramón Ribeyro - peruano
A las seis de la mañana
la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina
niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada.
Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra
sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran
penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos,
macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su
melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro,
armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando
hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de
frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a
una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo
don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a
berrear:
-¡A levantarse!
¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos
corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la
tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se
ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara,
coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se
aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se
revuelca entre los desperdicios.
-¡Todavía te falta un
poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se
demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo
piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo
aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas
elegantes que desemboca en el malecón.
Ellos no son los
únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de
alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a
veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de
organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que
merodean por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares.
Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente
aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique,
después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de
la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que
vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es
siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos,
pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les
interesan los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe
cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas.
La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de
sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro,
sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes
con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el
acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos
brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que
colecciona con avidez.
Después de una rigurosa
selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene
demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son
sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín.
Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y
entonces la jornada está perdida.
Cuando el sol asoma
sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las
beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han
repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el
mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba
con el café preparado.
-A ver, ¿qué cosa me
han traído?
Husmeaba entre las
latas y si la provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
-Pascual tendrá
banquete hoy día.
Pero la mayoría de las
veces estallaba:
-¡Idiotas! ¿Qué han
hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de
hambre!
Ellos huían hacia el
emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se
arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a
gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
-¡Mi pobre Pascual! Hoy
día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen
como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
Al comenzar el invierno
el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le
parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los
obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de
más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que
estaba al borde del mar.
-Allí encontrarán más
cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y
Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una
huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto
desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y
humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde
lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se
retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que
penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de
excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos
comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían
una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos
espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como
si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos
resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros que rodaban hacía
el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos
llenos.
-¡Bravo! -exclamó don
Santos-. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los
miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar.
Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos,
acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando,
escarbando con sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la
preciosa suciedad.
Fue al regresar de una
de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio le
había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no
obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar,
pero don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un
hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
-Dentro de veinte o
treinta días vendré por acá -decía el hombre-. Para esa fecha creo que podrá
estar a punto.
Cuando partió, don
Santos echaba fuego por los ojos.
-¡A trabajar! ¡A
trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El
negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente,
sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo
levantar.
-Tiene una herida en el
pie -explicó Enrique-. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el
pie de su nieto. La infección había comenzado.
-¡Esas son patrañas!
Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
-¡Pero si le duele!
-intervino Enrique-. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un
momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
-Y ¿a mí? -preguntó
dándose un palmazo en la pierna de palo-. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo
tengo setenta años y yo trabajo… ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle
con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron
con los cubos casi vacíos.
-¡No podía más! -dijo
Enrique al abuelo-. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a
sus dos nietos como si meditara una sentencia.
-Bien, bien -dijo
rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia el
cuarto-. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la
tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca de mediodía
Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un
perro escuálido y medio sarnoso.
-Lo encontré en el
muladar -explicó Enrique -y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la
vara.
-¡Una boca más en el
corralón!
Enrique levantó al
perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
-¡No le hagas nada,
abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó,
hundiendo su pierna de palo en el lodo.
-¡Nada de perros aquí!
¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta
de la calle.
-Si se va él, me voy yo
también.
El abuelo se detuvo.
Enrique aprovechó para insistir:
-No come casi nada…,
mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará.
Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó,
mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la vara,
cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de
alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
-¡Pascual, Pascual…
Pascualito! -cantaba el abuelo.
-Tú te llamarás Pedro
-dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó:
Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie
hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían
perdido casi su forma.
-Te he traído este
regalo, mira -dijo mostrando al perro-. Se llama Pedro, es para ti, para que te
acompañe… Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el
día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
¿Y el abuelo? -preguntó
Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
-El abuelo no dice nada
-suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la
puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
-¡Pascual, Pascual…
Pascualito!
Esa misma noche salió
luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se
ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón,
hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al
cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos,
lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo
veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.
-¡Mugre, nada más que
mugre! -repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente
Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada,
no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique
enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su
gordura. Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del
corralón de Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió
lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la
mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
-¿Tú también? -preguntó
el abuelo.
Enrique señaló su
pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después
regresó.
-¡Está muy mal
engañarme de esta manera! -plañía-. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben
bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me
ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó
quejándose y Enrique comenzó a toser.
-¡Pero no importa! Yo
me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres
gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte
todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá comida para ustedes! ¡No habrá comida
hasta que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo
vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después
regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo
había ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
-¡Pedazos de mugre! ¡Ya
saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató
de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había
perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso
que daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día
quedó desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
-¡Si se muere de hambre
-gritaba -será por culpa de ustedes!
Desde entonces
empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día
encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión
forzosa. Efraín se revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y
después de hacer un recorrido por el corralón, regresaba con una piedra en la
boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar,
jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se
arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su
almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos
alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito
creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía
fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo
extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos
hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se
levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta
hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba
como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al
corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la
huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por
último reingresaba en su cuarto y se quedaba mirándolos fijamente, como si
quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna
llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído
decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres.
El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió
al corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la
puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella,
aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas,
abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un
rugido:
¡Arriba, arriba,
arriba! -los golpes comenzaron a llover-. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta
cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!…
Efraín se echó a
llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo
parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara
alzarse y abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin
pudo reaccionar.
-¡A Efraín no! ¡Él no
tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo
jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
-Ahora mismo… al
muladar… lleva los dos cubos, cuatro cubos…
Enrique se apartó,
cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la
convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón,
Pedro quiso seguirlo.
-Tú no. Quédate aquí
cuidando a Efraín.
Y se lanzó a la calle
respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas,
estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica.
La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar
se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron
rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas
descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la
ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo
de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón
sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si
allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de
rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta
vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda
la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado
al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde
su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
-¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la
espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el
cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
-Pedro… Pedro…
-¿Qué pasa?
-Pedro ha mordido al
abuelo… el abuelo cogió la vara… después lo sentí aullar.
Enrique salió del
cuarto.
-¡Pedro, ven aquí!
¿Dónde estás, Pedro?
Nadie le respondió. El
abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal
presentimiento. De un salto se acercó al viejo.
-¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al
chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y
el rabo del perro.
-¡No! -gritó Enrique
tapándose los ojos-. ¡No, no! -y a través de las lágrimas buscó la mirada del
abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique
comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando,
pataleando, tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
-¿Por qué has hecho
eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía.
Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra.
Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba
obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que
tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se
acercó al viejo.
-¡Voltea! -gritó-.
¡Voltea!
Cuando don Santos se
volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
-¡Toma! -chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero.
Enrique retrocedió unos
pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se
fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en
el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había
refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue
retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el
abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que
lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
¡A mí, Enrique, a mí!…
-¡Pronto! -exclamó
Enrique, precipitándose sobre su hermano -¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha
caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
-¿Adónde? -preguntó
Efraín.
-¿Adonde sea, al
muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
-¡No me puedo parar!
Enrique cogió a su
hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar
una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de
la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad,
despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero
llegaba el rumor de una batalla.
FIN
Ficha literaria:
Titulo : Los gallinazos sin plumas
Autor : Julio Ramón Ribeyro
Genero : Narrativo
Especie : Cuento
Tema : Las desventuras de los hermanos Efraín y Enrique, quienes tienen que trabajar recolectando desperdicios, para alimentar a un cerdo propiedad de su abuelo Don Santos, quien los explota y los tiene descuidados, hasta el punto de hartarlos .
Escenarios:
- Las calles de la ciudad, por las mañanas.
- La casa del narrador de nombre Abraham.
- El circo donde se desarrolla el acto el vuelo de los cóndores.
- Las calles de Pisco.
Resumen:
La historia inicia cuando don Santos, un viejo que tiene una pata de palo, despierta a sus dos nietos, Efraín y Enrique, para que vayan a buscar desperdicios que sirvan de alimento para un cerdo llamado "Pascual". Ellos cogen una lata cada uno y se lanzan por las calles, en las casas que en frente tienen su bote de basura. Seleccionan verduras ligeramente descompuestas, entre otros comestibles. Tienen que hacer esto todas las mañanas desde las seis, y en el proceso evitar ser sorprendidos por las sirvientas, y sobre todo anticiparse a la baja policía, quienes a su paso les despojan de su objetivo. Efrain y Enrique no son los únicos, también hay otros recolectores que hacen la misma tarea todas las mañanas, a estos personajes se les conoce como "Los gallinazos sin plumas"
Al regresar a casa les espera su abuelo con el desayuno, si el dia ha sido bueno el anciano se alegra, pero si el día ha sido malo, empieza a reprenderlos y le jala las orejas, tildándolos de haraganes.
A medida que iba pasando el tiempo el cerdo crecía mas, y era necesaria mas desperdicios que recolectar, con la llegada del invierno el abuelo obligo a los niños a ir al muladar o vertedero de basura, para ellos era mas fácil pues allí se encontraba toda la basura.
La primera vez que fueron llegaron con los cubos llenos, y el abuelo rebosante de alegría les dijo que irían los miércoles y los domingos al muladar. En una de esas oportunidades Efraín se hizo un corte en el pie, la herida fue causada por un pedazo de vidrio, Efraín lo paso por alto, pero al día siguiente tenia el pie hinchado, pero aun asi se fue a recolectar, al regresar no podía caminar. El abuelo no les hizo caso pues había tenido visita y un hombre gordo con las manos manchadas de sangre, prometió volver en un lapso de 20 a 30 días, para comprarle el cerdo.
Al día siguiente el abuelo quien tiene una clara meta, engordar al cerdo lo antes posible, despierta a sus nietos como de costumbre, pero Efraín no puede levantarse, tras ir forzosamente regresan los dos hermanos con Enrique cargando a su hermano, y con los cubos casi vacíos. Tras el enojo del abuelo Enrique tiene que hacer doble tarea. En una oportunidad Enrique regresa a casa con un perro flaco y sarnoso, Don Santos se opuso, pero Enrique le convenció de que seria de ayuda, desde ese entonces el perro se quedaría con el.
A medida que pasaban los días el hambre del cerdo se incrementaba, los vecinos se quejaban del bullicio y Don Santos cada vez era insoportable. Y sucedió un día, en que Enrique tubo fiebre y no podía levantarse de la cama. Don Santos se enojo aun mas. Ante la impotencia y la ira contenida decidió ir a traer los desperdicios, el mismo, pero su pata de palo era un impedimento, pues eran tres postrados en cama.
Gruñía el cerdo y gruñía el anciano, hasta que no pudo tolerar mas y una mañana el viejo comenzó a azotar a sus nietos convalecientes. Para evitar que lastimen a su hermano Enrique fue a recolectar desperdicios. Al retornar se dio con la sorpresa de que su perro habi mordido a Don Santos, y este le habia golpeado con una vara. Enrique descubre que su abuelo habia arrojado al perro muerto al chiquero y vio que aun el cerdo se lo estaba devorando.
Enrique de cólera y ante no conseguir explicación alguna por parte de su abuelo, lo golpea con la misma vara manchada de sangre, dejándolo caer en el chiquero. Entonces Enrique abraza a Efrain para huir de casa, mientras que en el chiquero lucha por librarse del apetito feroz del cerdo.
Personajes:
Principales:
Enrique: Hermano de Efraín y dueño de Pedro, un perro flaco, le gusta coleccionar cajitas y otras baratijas.
Efraín: Hermano de Enrique, quien cae enfermo tras cortarse con un vidrio.
Don Santos: El abuelo de Efraín y Enrique, quien tiene setenta años y es propietario de un cerdo llamado Pascual, obliga a sus nietos a recolectar desperdicios para darle de comer, engordarlo y venderlo a un buen precio.
Secundarios:
El hombre gordo: Es un carnicero que ha ofrecido comprarle el cerdo a Don Santos.
Los vecinos del corralón de Nemesio: Quienes se quejan del bullicio que hace el cerdo hambriento.
Pascual: El cerdo.
Pedro: el perro flaco y sarnoso.
El personal de la baja policía.
Las sirvientas.
Las beatas.
Los canillitas.
Los parroquianos



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