El Caballero Carmelo
Cuento:
Abraham Valdelomar - peruano
I
Un día, después del
desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en
el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al
cuello que agitaba el viento, sampedrano pellón de sedosa cabellera negra, y henchida
alforja, que picaba espuelas en dirección a la casa. Reconocímosle. Era el
hermano mayor que, años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:
-¡Roberto! ¡Roberto!
Entró el viajero al
empedrado patio donde el Florbo y la campanilla enredábanse en las columnas
como venas en un brazo, y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se
regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo,
triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones
rodeado de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se
habían comprado durante su ausencia y llegó al jardín:
-¿Y la higuerilla?-
dijo:
Buscaba, entristecido,
aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:
-¡Bajo la higuerilla
estás! ...
El árbol había crecido
y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocóle mi hermano, limpió
cariñosamente las hojas que le rozaban la cara y luego volvimos al comedor.
Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos
que traía y los iba entregando a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas!
¡Por dónde había viajado! Quesos frescos y blancos, envueltos por la cintura
con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos,
nueces, maní y almendras; frijoles colados en sus redondas calabacitas,
pintadas encima con un rectángulo del propio dulce, que indicaba la tapa, de
Chincha Baja; bizcochuelos, en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de
papas, leves, esponjosos, amarillos y dulces; santitos de "piedra de
Guamanga" tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas
rellenas, y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibíamos
el obsequio, y él iba diciendo al entregárnoslo:
-Para mamá.. para
Rosa.. para Jesús.. para Héctor..
-¿Y para papá? -le
interrogamos, cuando terminó:
-Nada.
-¿Cómo? ¿Nada para
papá? Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo:-!El "Carmelo"! A
poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que libre, estiró sus
cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente:-¡Cocorocóooo!...
-¡Para papá! -dijo mi
hermano.
Así entró en nuestra
casa este amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a quien acaeciera
historia digna de relato, cuya memoria perdura aún en nuestro hogar como una
sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.
II
Amanecía, en Pisco,
alegremente. A la agonía de las sombras nocturnas, en el frescor del alba, en
el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor,
preparando el café para papá. Marchábase éste a la oficina. Despertaba ella a
la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el
canto del gallo que era contestado a intervalos por todos los de la vecindad;
sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida.
Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar, arrodillados en la cama con
nuestras blancas camisas de dormir; vestíanos luego, y, al concluir nuestro
tocado, se anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y
saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi
madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y
apetitoso, montado en su burro, detrás de los dos "capachos" de
cuero, repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado,
rosquillas...
Mi Madre escogía el que
habíamos de tomar y mi hermana Jesús lo recibía en el cesto. Marchábase el
viejo, y nosotros, dejando la provisión sobre la mesa del comedor, cubierta de
hule brillante, íbamos a dar de comer a los animales. Cogíamos las mazorcas de
apretados dientes, las desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde
los animales nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por
el grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal
comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra,
refregando su cabeza en nuestras piernas; piaban los pollitos; tímidamente se
acercaban los conejos blancos con su largas orejas, sus redondos ojos
brillantes y su boca de niña presumida; Ios patitos, recién
"sacados", amarillos como la yema de huevo, trepaba en un panto de
agua, cantaba, desde su rincón, entrabado, el Carmelo; y el pavo, siempre
orgulloso, alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos,
balanceándose como dueñas gordas hacían, por lo bajo, comentarios sobre la
actitud poco gentil del petulante. Aquel día, mientras contemplábamos a los
discretos animales, escapóse del corral el Pelado, un pollón sin plumas, que
parecía uno de aquellos jóvenes de diez y siete aros, flacos y golosos. Pero el
Pelado a más de eso era pendenciero y escandaloso, y aquel día, mientras la paz
era en el corral y los otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores
viandas, habíase encaramado en la mesa del comedor y roto varias piezas de
nuestra limitada vajilla. En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y, cuando mi
padre supo sus fechorías, dijo pausadamente:
-Nos lo comeremos el
domingo...
Defendiólo mi tercer
hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y lloroso. Dijo que era un gallo
que haría crías espléndidas. Agregó que desde que había llegado el Carmelo
todos miraban mal al Pelado, que antes era la esperanza del corral y el único
que mantenía la aristocracia de la afición y de la sangre fina.
-¿Cómo no matan -decía
en su defensa del gallo- a los patos que no hacen más que ensuciar el agua, ni
al cabrito que el otro día aplastó un pollo, ni al puerco que todo lo enloda y
sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas que traen la mala suerte. ..?Se
adujo razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre,
simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba
comprobado que hubiera muerto al pollo. El puerco mofletudo había sido criado
en casa desde pequeño, y las palomas, con sus alas de abanico, eran la nota
blanca, subíanse a la cornisa a conversar en voz baja, hacían sus nidos con
amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlo a sus polluelos.
El pobre Pelado estaba
condenado. Mis hermanos pidieron que se le perdonase, pero las roturas eran
valiosas y el infeliz sólo tenía un abogado, mi hermano y su señor, de poca
influencia.
Viendo ya perdida su
defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandia inclinó
la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, un
sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos. Levantóse mi madre, acercóse
al muchacho, lo besó en la frente, y le dijo:
-No llores; no nos lo
comeremos...
III
Quien sale de Pisco, de
la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y torna por
la calle del Castillo que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar una
plazuela, donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado
lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del
poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje
complicados encajes al besar la húmeda orilla.
Termina en ella el
puerto y, siguiendo hacia el sur, se va por estrecho y arenoso camino, teniendo
a diestra el mar y a izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora
infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el
desierto cuya entrada vigilan, de trecho en trecho, corno centinelas, una que
otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los
"toñuces" siempre coposos y frágiles. Ondea en el terreno la
"hierba del alacrán", verde y jugoda al nacer, quebradiza en sus
mejores días, y en la vejez, bermeja como la sangre de buey. En el fondo del
desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en
pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el
peligro, los hombres.
Siguiendo el camino,
divísase en la costa, en la borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de
los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la
rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí las palmeras se multiplican y la
higueras dan sombra a los hogares tan plácida y fresca, que parece que no
fueran malditas del buen Dios, o que su maldición hubiera caducado -que
bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor- y todas sus
flores dan fruto que al madurar revientan.
En tan peregrina aldea,
de caprichoso plano, levántanse las casuchas de frágil carIa y estera leve,
junto a las palmeras que a la puerta vigilan. Limpio y brillante, reposando en
la arena blanda sus caderas amplias, duerme a la puerta el bote pescador, con
sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan,
entre los cuales yace con su muda y simbólica majestad el timón grácil, la
cabeza que "achica" el agua mar afuera y las sogas retorcidas como
serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca
mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho.
En las horas de medio
día, cuando el aire en la sombra invita al sueño, junto a la nave teje la red
el pescador abuelo; sus toscos dedos anudan el lino que ha de enredar al
sorprendido pez; raspa la abuela el plateado lomo de los que las vísperas trajo
la nave; saltan al sol, como chispas, las escamas, y el perro husmea en los
despojos. Al lado, en el corral que cercan enormes huesos de ballenas, trepan
los chiquillos desnudos sobre el asno pensativo, o se tuestan al sol en la
orilla; mientras, bajo la ramada, el más fuerte pule el remo, la moza fresca y
ágil saca agua del pozuelo y las gaviotas alborozadas recorren la mansión
humilde dando gritos extraños.
Junto al bote duerme el
hombre del mar, el fuerte mancebo embriagado por la brisa caliente y por la
tibia emanación de la arena, su dulce suerlo de justo, con el pantalón corto,
las musculosas pantorillas cruzadas en cuyos duros pies de redondos dedos, piérdense,
como escamas, las diminutas uñas, la cara tostada por el aire y el sol, la boca
entreabierta que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo
que se levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso que Dios
ha puesto sobre el mundo.
Por las calles no
transitan al medio día las personas y nada turba la paz en aquella aldea, cuyos
habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia
ni cura habían, en mi tiempo, las gentes de San Andrés. Los domingos, al
clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas
y luego, en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros,
tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa,
descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los
caminos, como en la Edad Feliz delinca, atravesaban en caravana inmensa la
costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacamac, con la ofrenda en la
alforja, la pregunta en la memoria y la Fe en el sencillo espíritu.
Jamás riña alguna
manchó sus claros anales; morales y austeros, labios de marido besaron siempre
labios de esposa; y el amor, fuente inagotable de odios y maldecires, era entre
ellos, tan normal y apacible como alguno de sus pozos. De fuertes padres,
nacían, sin comadronas, rozagantes muchachos, en cuyos miembros la piel hacía
gruesas arrugas; aires marinos henchían sus pulmones, y crecían sobre la arena
caldeada, bajo el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar ya manejar
los botes de piquete que, zozobrando en las olas les enserIaban a domerIar la
marina furia. Maltones, musculosos, inocentes y buenos, pasaban su juventud
hasta que el cura de Pisco unía a las parejas que formaban un nuevo nido,
compraban un asno y se lanzaban a la felicidad, mientras las tortugas
centenarias del hogar paterno veían desenvolverse, impasibles, las horas
-filosóficas, cansadas y pesimistas, mirando con llorosos ojos desde la playa,
el mar, al cual no intentaban volver nunca- y al crepúsculo de cada día,
lloraban, pero, hundido el sol, metían la cabeza bajo la concha poliédrica y
dejaban pasar la vida llenas de experiencia, sin Fe, lamentándose siempre del
perenne mal, pero inactivas, inmóviles, infecundas, y solas.
IV
Esbelto, magro, musculoso
y austero, su afilada cabeza roja era la de un hidalgo altivo, caballeroso,
justiciero y prudente. Agallas bermejas, delgada cresta de encendido color,
ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerado pico agudo. La cola
hacía un arco de plumas tornasoles, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el
pecho audaz y duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas y agudas
defendían, cubiertas de escamas, parecían las de un armado caballero medioeval.
Una tarde, mi padre,
después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la
jugada de gallos de San Andrés el 28 de julio. No había podido evitarlo. Le
habían dicho que el Carmelo, cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no
era un gallo de raza. Molestóse mi padre. Cambiáronse frases y apuestas y
aceptó. Dentro de un mes toparía el Carmelo con el Ajiseco de otro aficionado,
famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros
recibimos la noticia con profundo dolor. El Carmelo iría a un combate y a luchar
a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres
años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros. ¿Por
qué aquella crueldad de hacerlo pelear? ...
Llegó el terrible día.
Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a
preparar al Carmelo. A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de
julio, por la tarde, vino el preparador y de una caja llena de algodones sacó
una media luna de acero con unas pequeñas correas: era la navaja, la espada del
soldado. El hombre la limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A
los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica, sacaron al gallo que el
hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis
dos hermanos le acompañaron.
-¡Qué crueldad! -dijo
mi madre.
Lloraban mis hermanas,
y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto, antes de salir:
-Oye, anda junto con
él... Cuídalo... iPobrecito!...
Llevóse la mano a los
ojos, echóse a llorar y yo salí precipitadamente, y hube de correr unas cuadras
para poder alcanzarlos.
Llegamos a San Andrés.
El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas agitábanse sobre las casas por el
día de la Patria, que allí sabían celebrar con una gran jugada de gallos a la que
solían ir todos los hacendados y ricos hombres del valle. En ventorrillos, a
cuya entrada había arcos de sauce envueltos en colgaduras, y de los cuales
pendían alegres quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras,
pescado fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los
invadía, parlanchín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres de mar
lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas, sombreros de
junco, alpargatas y pañuelos anudados al cuello.
Nos encaminamos a
"la cancha". Una frondosa higuera daba acceso al circo, bajo sus
ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos amigos, se instaló. Al frente
estaba el juez ya su derecha el dueño del paladín Ajiseco. Sonó una campanilla,
acomodáronse las gentes y empezó la fiesta. Salieron por lugares opuestos dos
hombres, llevando cada uno un gallo. Lanzáronlos al ruedo con singular ademán.
Brillaron las cuchillas, miráronse los adversarios, dos gallos de débil
contextura, y uno de ellos cantó.
Colérico respondió el
otro echándose al medio circo; miráronse fijamente; alargaron los cuellos,
erizadas las plumas, y se acometieron. Hubo ruido de alas, plumas que volaron,
gritos de muchedumbre y, a los pocos segundos de jadeante lucha, cayó uno de
ellos. Su cabecita afilada y roja besó el suelo, y la voz del juez:-
¡Ha enterrado el pico,
señores!
Batió las alas el
vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos gallos sangrando, fueron
sacados del ruedo. La primera jornada había terminado. Ahora entraba el
nuestro: el Caballero Carmelo. Un rumor de expectación vibró en el circo:
-¡EI Ajiseco y el
Carmelo!
-¡Cien soles de
apuesta!...
Sonó la campanilla del
juez y yo empecé a temblar. En medio de la expectación general, salieron los
dos hombres, cada uno con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a
los rivales. Nuestro Carmelo aliado del otro era un gallo viejo y achacoso;
todos apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No
faltó aficionado que anunciara el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las
apuestas favorecía al adversario. Una vez frente al enemigo, el Carmelo empezó
a picotear, agitó las alas y cantó estentóreamente. El otro, que en verdad no
parecía un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía cosas tan
petulantes cuan humanas: miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como
dueño de la cancha. Enardeciéronse los ánimos de los adversarios, llegaron al
centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder
terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes
presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara
con bien a nuestro viejo paladín.
Batíase él con todos
los aires de un experto luchador, acostumbrado a las artes azarosas de la
guerra. Cuidaba poner las patas armadas en el enemigo pecho, jamás picaba a su
adversario -que tal cosa es cobardía- mientras que éste, bravucón y necio, todo
quería hacerlo a aletazos y golpes de fuerza. Jadeantes, se detuvieron un
segundo: Un hilo de sangre corría por la pierna del Carmelo. Estaba herido, mas
parecía no darse cuenta de su dolor. Cruzáronse nuevas apuestas en favor del
Ajiseco y las gentes felicitaban ya al poseedor del menguado.
En su nuevo encuentro,
el Carmelo cantó, acordóse de sus tiempos y acometió con tal furia que
desbarató al otro de un solo impulso. Levantóse éste y la lucha fue cruel e
indecisa. Por fin, una herida grave hizo caer al Carmelo, jadeante...-¡Bravo!
¡Bravo el Ajiseco!
-gritaron sus partidarios, creyendo ganada la prueba. Pero el juez, atento a
todos los detalles de la lucha y con acuerdo de cánones dijo:
-¡Todavía no ha
enterrado el pico, señores!
En efecto, incorporóse
el Carmelo. Su enemigo, como para humillarlo, se acercó a él, sin hacerle daño.
Nació entonces, en medio del dolor de la caída, todo el coraje de los gallos de
"Caucato". Incorporado el Carmelo, como un soldado herido, acometió
de frente y definitivo sobre su rival, con un estocada que lo dejó muerto en el
sitio. Fue entonces cuando el Carmelo que se desangraba, se dejó caer, después
que el Ajiseco había enterrado el pico. La jugada estaba ganada y un clamoreo
incesante se levantó en la cancha. Felicitaron a mi padre por el triunfo, y,
como esa era la jugada más interesante, se retiraron del circo, mientras
resonaba un grito de entusiasta:
-¡Viva el Carmelo!
Yo y mis hermanos lo
recibimos y lo condujimos a casa, atravesando por la orilla del mar el pesado
camino y soplando aguardiente bajo las alas del triunfador que desfallecía.
V
Dos días estuvo el
gallo sometido a toda clase de cuidados. Mi hermana Jesús y yo le dábamos maíz,
se lo poníamos en el pico; pero el pobrecito no podía comerlo ni incorporarse.
Una gran tristeza reinaba en la casa. Aquel segundo día, después del colegio,
cuando fuimos yo y mi hermana a verlo, lo encontramos tan decaído que nos hizo
llorar. Le dábamos agua con
nuestras manos, le
acariciábamos, le poníamos en el pico rojos granos de granada. De pronto el
gallo se incorporó. Caía la tarde y, por la ventana del cuarto donde estaba
entró la luz sangrienta del crepúsculo. Acercóse a la ventana, miró la luz,
agitó débilmente las alas y estuvo largo rato en la contemplación del cielo.
Luego abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó. Retrocedió unos
pasos, inclinó el tornasolado cuello sobre el pecho, tembló, desplomóse, y
estiró sus débiles patitas escamosas y, mirándonos, mirándonos amoroso, expiró
apaciblemente.
Echamos a llorar. Fuimos
en busca de mi madre, y ya no lo vimos más. Sombría fue la comida aquella
noche. Mi madre no dijo una sola palabra y, bajo la luz amarillenta del
lamparín todos nos mirábamos en silencio. Al día siguiente, en el alba, en la
agonía de las sombras nocturnas, no se oyó su canto alegre.
Así pasó por el mundo
aquel héroe ignorado, aquel amigo tan querido de nuestra niñez: El Caballero
Carmelo, flor y nata de paladines y último vástago de aquellos gallos de sangre
y raza, cuyo prestigio unánime fue orgullo, por muchos años, de todo el verde y
fecundo valle de Caucato.
FIN
Ficha literaria:
Titulo : El caballero Carmelo
Autor : Abraham Valdelomar
Genero : Narrativo
Especie : Cuento
Nacionalidad: Peruano.
Año: 1913
Tema : Es la historia de la lucha de un gallo de pelea, donde destacan valores casi humanos como la hidalguía y el temple, para identificarnos con él en su dignidad como luchador.
Escenarios:
- La casa del narrador de nombre Abraham.
- Las calles de Pisco.
- La caleta de San Andrés
- Arena o lugar donde se realiza la pelea entre el Carmelo y el Ajiseco.
Resumen:
La historia inicia cuando Roberto el hermano mayor regresa a casa y trae muchos obsequios entre los que destaca un gallo fino de pelea llamado "el Carmelo" El hermano mayor ha estado ausente por mucho tiempo. Se describen vivencias como la hora del desayuno. El pan lo compran a un viejo vendedor montado en un burro. también cuenta como dan de comer a loa animales de corral.
Entre las aves de corral había otro gallo fino llamado "el Pelao" que se había escapado y se metió en la casa buscando mas comida. En el comedor destrozo la vajilla. A la hora del almuerzo, después de enterarse su padre, les dijo que se lo comerían el domingo. Anfiloquio (hijo) era el propietario del Pelao, y tras abogar por el animal y viendo que era inútil, se puso a llorar. Luego se le acercó la madre y consolándolo le dijo que ya no lo matarían.
El narrador hace una descripción de las calles de Pisco y de la caleta de San Andres. Para el narrador, el gallo de la familia, el caballero Carmelo era un peleador de casta, y lo compara con un caballero medieval con armadura. El Caballero Carmelo habia sido el mejor gallo de pelea. Ya tenia tres años, cuando el padre tras una provocación, pacta una pelea entre el viejo campeon y un gallo mas joven llamado el Ajiseco.
La pelea tuvo lugar en San Andres, un 28 de julio, pese a su edad el caballero Carmelo estaba en desventaja. Las apuestas corrían en favor del Ajiseco, aunque el Caballero Carmelo, tenia sus seguidores, la pelea parecía desigual, casi al final cayó el Carmelo, estaba herido, pero sin enterrar el pico. Demostró su experiencia al embestir al confiado Ajiseco. Y ganó la pelea.
Los niños lo llevaron a su casa. Tras dos días de agonía, el gallo contemplando el atardecer dio su ultimo canto y se dejo caer, estirando las patas, dejo de vivir.
FIN
Personajes:
Principales:
Narrador: Es Abraham, quien nos cuenta en tiempo pasado una hazaña épica de su gallo de pelea.
El padre: Es el padre del narrador, un hombre que trabaja como oficinista y que tiene afición por la pelea de gallos y es el dueño del Caballero Carmelo.
El Caballero Carmelo: Es el mejor gallo de pelea, quien tras tres años consigue un trinufo epico frente el actual campeón, el Ajiseco.
El Ajiseco: Es el actual campeón, es un gallo joven que muere al ser embestido por el Carmelo.
Secundarios:
Roberto: Es el hermano mayor, quien obsequia al Caballero Carmelo a su padre, después de retornar, tras varios años de ausencia.
El Pelao: Gsllo fino y joven de la familia quien hace averías en el comedor.
Anfiloquio: Es el hermano del autor y dueño del Pelao.
La madre: Es la madre de la familia, es hogareña.
Rosa y Jesús: Las hermanas del narrador.
Héctor: Es el hermanito del narrador.
El viejo panadero.
El sirviente de Roberto.
El entrenador del Carmelo.
El dueño del Ajiseco.
El juez de la pelea.



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