El niño de junto al cielo
Cuento:
[Cuento]
Enrique Congrains Martín - peruano
Por alguna desconocida
razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero
¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y
volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a
su vida.
¿Por qué, por qué él?
Su madre se había
encogido de hombros al pedirle, él, autorización para conocer la ciudad, pero
después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había
descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó
“aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.
Vacilante, incrédulo se
agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez
soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales.
¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no
abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se
trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.
Siguió por el sendero,
rumbo a los edificios que se veían más allá de ese cerro cubierto de casas.
Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo
para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él
—se preguntaba— o era él, el que había ido hacia el billete?
Cruzó la pista y se
internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y
excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el
Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?… La
palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una
ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.
¿La bestia con un
millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en
eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba,
iba internándose dentro de la bestia…
Se detuvo, miró y
meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos,
los autos, la infinidad de gentes —algunas como él, otras no como él—, y el
billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete
llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba
el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse
seguro y confiado, pero solo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a
tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido
fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era
todo, Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si
cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete
anaranjado.
Estuvo dando vueltas,
atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un
millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban
en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado,
quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.
Unos muchachos de su
edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó
observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo.
Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que
no se movía innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que
también en la ciudad había seres humanos.
¿Cuánto tiempo estuvo
contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos
los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su
mano dentro del bolsillo acariciaba el billete.
—¡Hola, hombre!
—Hola … —respondió
Esteban, susurrando casi.
El chico era más o
menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió
ser caqui en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de
colores vagos e indefinibles.
—¡Eres de por acá! —le
preguntó a Esteban.
—Sí, este … —se aturdió
y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de
exploración a través de la bestia de un millón de cabezas.
—¿De dónde, ah? —se
había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le
recorrían de arriba a abajo—. ¿De dónde, ah? —volvió a preguntar.
—De allá, del cerro —y
Esteban señaló en la dirección en que había venido.
—¿San Cosme?
Esteban meneó la
cabeza, negativamente.
—¿Del Agustino?
—¡Sí, de ahí! —exclamó
sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se
enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando
cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado
grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban
buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles
larguísimas… ¡Lima!… Su tío había salido dos meses antes que ellos con el
propósito de conseguir casa. Una casa. ¿En qué sitio será?, le había preguntado
a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas
llegó la carta que ordenaba partir… ¡Lima!… ¿El cerro del Agustino, Esteban?
Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío
había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único
que lo sabía.
—Yo no tengo casa…
—dijo el chico después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó—:
¡Caray, no tengo!
—¿Dónde vives,
entonces? —se animó a inquirir Esteban.
El chico recogió la
bola, la frotó en su mano y luego respondió:
—En el mercado, cuido
la fruta, duermo a ratos… —amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro
de Esteban y le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú?
—Esteban …
—Yo me llamo Pedro
—tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano—. Te juego, ¿ya,
Esteban?
Las bolas rodaron sobre
la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y
mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los
minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la
habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de
la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a
gusto en compañía de Pedro que estando solo.
Dieron algunas vueltas,
más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete
anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.
—¡Mira lo que me
encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.
—¡Caray! —exclamó Pedro
y lo tomó, examinándolo al detalle—. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?
—Junto a la pista,
cerca del cerro —explicó Esteban.
Pedro le devolvió el
billete y se concentró un rato. Luego preguntó:
—¿Qué piensas hacer,
Esteban?
—No sé, guardarlo,
seguro… —y sonrió tímidamente.
—¡Caray, yo con una
libra haría negocios, palabra que sí!
—¿Cómo?
Pedro hizo un gesto
impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto
podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto —los negocios—
o como una gran abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no
comprendió.
—¿Qué clase de
negocios, ah?
—¡Cualquier clase,
hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista;
casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento—.
Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros
podría tener otra libra en el bolsillo.
—¿Una libra más?
—preguntó Esteban asombrándose.
—¡Pero claro, claro que
sí!… —volvió a examinar a Esteban y le preguntó—: ¿Tú eres de Lima?
Esteban se ruborizó.
No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el
cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese
día.
—No, no soy de acá, soy
de Tarma; llegué ayer…
—¡Ah! —exclamó Pedro,
observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, no?
—Sí, de Tarma…
Habían dejado atrás el
mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se
alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes
del viaje, en Tarma, se había preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al
Callao, a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de
mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y
fatigante viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro?
¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la
primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo, pensó.
Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero, cosa
curiosa, todas parecidas también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas
junto al cerro, casas en mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro.
Habían subido y una vez
arriba, junto a la choza que había levantado su tío, Esteban contempló a la
bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba,
cubriendo la tierra de casa, calles, techos, edificios, más allá de lo que su
vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos y se había
sentido tan encima de todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en
el barrio de Junto al Cielo.
—Oye, ¿quisieras entrar
en algún negocio conmigo? —Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando
respuesta.
—¿Yo?… —titubeando,
preguntó—: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana?
—¡Claro que sí, por
supuesto! —afirmó resueltamente.
La mano de Esteban
acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más, y
muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería
esa meta que siempre había soñado.
—¿Qué clase de negocios
se puede, ah? —preguntó Esteban.
Pedro sonrió y explicó:
—Negocios hay muchos…
Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas,
chistes… —hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo,
entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los vendemos ahora
mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.
—¿Quince soles?
—¡Claro, quince soles!
¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah?
Convinieron en reunirse
al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada,
ni a su madre ni a su tío: convinieron en que venderían revistas y que de la
libra de Esteban saldrían muchísimas otras.
*
Esteban había almorzado
apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la
ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer
gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación.
Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de
la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la
mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a
caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.
—Vas a ver que fácil es
vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y,
listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la
calle el nombre de las revistas y así vienen más rápido… ¡Ya vas a ver qué
bueno es hacer negocios!…
—¿Queda muy lejos el
sitio? —preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta
el infinito. Qué lejos había quedado Tarma, que lejos había quedado todo lo que
hasta hacía unos días había sido habitual para él.
—No, ya no. Ahora
estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.
—¿Cuánto cuesta el
tranvía?
—¡Nada, hombre! —y se
rió de buena gana—. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir
hasta la Plaza San Martín.
Más y más cuadras. Y
los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban
veloces, rumbo sabe Dios dónde.
—¿Adónde va toda esa
gente en auto?
Pedro sonrió y observó
a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta
satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más
cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.
—¡Corre! —le gritó
Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron
en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.
Una vez arriba se miraron,
sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que
seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan
espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá,
en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.
*
Parecía que el tranvía
se había detenido definitivamente esta vez, después de una serie de paradas.
Todo el mundo se había levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.
—Vamos, ¿qué esperas?
—¿Aquí es?
—Claro, baja.
Descendieron y otra vez
a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las
veía marchar —sabe Dios dónde— con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban
tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma?
—Después volvemos y por
estos mismos sitios vamos a vender las revistas.
—Bueno —asintió
Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las
revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante.
—¿Tú tampoco tienes
papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban
los rieles del tranvía.
—No, no tengo… —y bajó
la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú?
—Tampoco, ni papá, ni
mamá —Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió
descuidadamente:
—¿Y al que le dices
“tío”?
—Ah… él vive con mi
mamá, ha venido a Lima de chofer… —calló, pero enseguida dijo—: Mi papá murió
cuando yo era un chico…
—¡Ah, caray!… ¿Y tu
“tío”, qué tal te trata?
—Bien; no se mete conmigo
para nada.
—¡Ah!
Habían llegado al
lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y
dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.
—Ven, entra —le ordenó
Pedro.
Estaban adentro. Desde
el piso hasta el techo había revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres
y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes
y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.
—Paga.
Esteban vaciló un
momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que
había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo
cuantas veces fuera necesario.
—Paga —repitió Pedro,
mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.
—¿Es justo una libra?
—Sí, justo. Diez
revistas a un sol cada una.
Oprimió el billete con
desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo
quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.
—Vamos —dijo jalándolo.
Se instalaron en la Plaza
San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circulaban el
jardín. “Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas,
revistas.” Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador,
Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto, de seguir así las
cosas, no habría de quedar ninguna.
—¿Qué te parece, ah?
—preguntó Pedro, sonriente con orgullo.
—Está bueno, está
bueno… —y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.
—Revistas, revistas ¿no
quiere un chiste, señor?
El hombre se detuvo y
examinó las carátulas.
—¿Cuánto?
—Un sol cincuenta, no
más…
La mano del hombre
quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió.
—Cóbrese.
Y las monedas cayeron,
tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y
sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de
un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del
universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.
Él era el socio
capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. “Revistas, revistas”,
gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos
impacientes. “¡Apúrate con el vuelto!”, exclamaba el comprador. Y todo el mundo
caminaba a prisa, rápidamente. “¿Adónde van que se apuran tanto?”, pensaba
Esteban.
Bueno, bueno, la bestia
era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no
importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia
que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya
no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho
desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. “Revistas,
revistas, chistes a sol cincuenta, chistes”… Listo, ya no quedaba más que una
revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.
—¡Caray, me muero de
hambre, no he almorzado!… —prorrumpió luego.
—¿No has almorzado?
—No, no he almorzado…
—observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después
sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho?
—Bueno —aceptó Esteban
inmediatamente.
Pedro sacó un sol de su
bolsillo y explicó:
—Esto es de los dos
cincuenta de mi ganancia, ¿ya?
—Sí, ya sé.
—¿Ves ese cine? —preguntó
Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió—. Bueno,
sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda
y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa,
¿ya, Esteban?
—Ya.
Recibió el sol, cruzó
la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había
indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.
—Deme un pan con jamón
—pidió a la muchacha que atendía.
Sacó un pan de la
vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre
el mostrador.
—Vale un sol veinte
—advirtió la muchacha.
—¡Un sol veinte!…
—devolvió el pan y quedó indeciso un instante. Luego se decidió—: Dame un sol
de galletas, entonces.
Tenía el paquete de
galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a
contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió
caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?
Más tarde, cuando
regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello,
apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasaran unos automóviles y
llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se
había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar ni en ningún otro.
Llegó al sitio preciso
y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles, ni… ¿Cómo había podido perderse
o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas?
¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura
de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había
notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había
confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?
Bueno, no era necesario
asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando.
Esto tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no
había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con
un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaldas.
No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así.
¿Entonces?…
—Señor, ¿tiene hora?
—le preguntó a un joven que pasaba.
—Sí, las cinco en
punto.
Esteban bajó la vista,
hundiéndola en la piel de la bestia, y prefirió no pensar. Comprendió que, de
hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. Él ya tenía diez años, y diez
años no eran ni ocho, ni nueve ¡Eran diez años!
—¿Tiene hora, señorita?
—Sí —sonrió y dijo con
voz linda—: Las seis y diez —y se alejó presurosa.
¿Y Pedro, y los quince
soles, y la revista?… ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón
de cabezas estaban?… Desgraciadamente no lo sabía y solo quedaba la posibilidad
de esperar y seguir esperando…
—¿Tiene hora, señor?
—Un cuarto para las
siete.
—Gracias…
¿Entonces?… Entonces,
¿ya Pedro no iba a regresar?… ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista
iban a regresar entonces?… Decenas de letreros luminosos se habían encendido.
Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente
sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido,
rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más,
apúrense más… Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el
paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro…
Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.
Entonces, ¿Pedro lo
había engañado?… ¿Pedro, su amigo, le había robado el billete anaranjado?… ¿O
sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?… Y ¿acaso
no era Pedro parte integrante de la bestia?…
Sí y no. Pero ya nada
importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar
el tranvía.
FIN
Titulo : El niño de junto al cielo
Autor : Enrique Congrains Martin
Genero : Narrativo
Especie : Cuento
Nacionalidad: Peruano.
Año: 1954 - del libro "Lima, hora cero"
Tema : Es la historia de un niño provinciano que llega a la capital, que vive en un cerro y transita por las calles, encuentra un billete de diez soles, y aprende una dura lección en la difícil selva de cemento.
Escenarios:
- La carretera al pie del cerro El Agustino (La Victoria - Lima)
- La calles de Lima entre la Victoria y Breña.
- La plaza San Martin.
Resumen:
La historia inicia cuando Esteban encuentra un billete de diez soles que estaba cerca de sus pies cuando el iba a cruzar la carretera, pues le había pedido permiso a su madre para ir de viaje de exploración a la ciudad.
Es aquí que conoce a Pedro un joven como de su edad, pero mas alto que él, que vive en la calle. Después de jugar un rato a las canicas y conocerse mejor. Esteban le confiesa haberse encontrado el billete en el piso. Pedro inmediatamente le propone que podrían hacer negocio con el billete, y ese billete podria hasta duplicarse.
Los dos muchachos se ponen de acuerdo para hacer el negocio, convienen reencontrarse otra vez. Pedro guía a Esteban a través de las calles y el tranvía, compran diez revistas a un sol cada una. Esteban no podia despegarse del billete al momento de pagar. Pedro le arrebató el billete y pagó al tendero.
Luego salieron a la calle, se ubicaron en una avenida estratégica donde vendieron las revistas una a una, y Pedro cobraba un sol cincuenta por cada revista y guardaba la ganancia en sus bolsillos, mientras Esteban observaba. Cuando ya quedaba una revista, Pedro cogió un sol de su bolsillo y diciéndole a Esteban que no habia almorzado lo envió para que le compre algo de comer.
FIN
Personajes:
Principales:
Esteban: Es Abraham, quien nos cuenta en tiempo pasado una hazaña épica de su gallo de pelea.
Pedro: Es el padre del narrador, un hombre que trabaja como oficinista y que tiene afición por la pelea de gallos y es el dueño del Caballero Carmelo.
Secundarios:
La madre de Esteban: Mujer provinciana quien da permiso a Esteban para que vaya de expedicion por oas calles de Lima.
El tio de Esteban: Es el padrastro de Esteban, es chofer y es el responsable que su familia se muden de Tarma a la capital.
Vendedor de revistas: Es el que vende las revistas a Pedro y Esteban .
La vendedora: Es la madre de la familia, es hogareña.
El viejo panadero.
El sirviente de Roberto.
El entrenador del Carmelo.
El dueño del Ajiseco.
El juez de la pelea.
Peruano. Nació en Lima, donde hizo sus estudios primarios y secundarios. De joven trabajó en varias cosas, inclusive la fabricación de jabones. A los dieciséis años comenzó a colaborar en la página dominical de La Crónica.
En 1953, fundó el “Círculo de Novelistas Peruanos” con el propósito de publicar obras inéditas de los escritores jóvenes. Sus propios cuentos se publicaron en Lima, hora cero (1954), Anselmo Amancio (1955) y Kikuyo (1955). Su última obra literaria fue una novela: No una, sino muchas muertes (1957). Últimamente se dedica a escribir textos pedagógicos y vive en Caracas.
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